Hoy hace 3 años que mi comedia se subió por por primera vez a un escenario y fue parecido a mi primera vez con una mujer. Estaba super nervioso, empecé torpemente y cuando empezaba a sentirme cómodo ya se había acabado.

Gabriel Córdoba se encargó de prepararme una realidad virtual en la que no pegarme, por lo menos la primera vez, la gran hostia.

Todo estaba a mi favor: llevaba 4 meses preparando mi texto y el local estaba reventado de amigos atraídos por la novedad. El entorno se había puesto lencería fina para mí.

Sin embargo, la tensión que, a priori, parecía controlar, se disparaba cada vez que saludaba a alguien y me preguntaba: “¿Qué tal?, ¿estás nervioso?“. Ese día aprendí una lección importante: Cuando vayas a actuar escóndete donde puedas y concéntrate.

Gabi calentó al público, expectante por ver la nueva excentricidad de su colega y, tras hacerme hincapié en que debía salir a “compartir“, dijo mi nombre. En estos tres años no he vuelto a tener un recibimiento como ese. Un alud de energía positiva y de cariño extendía una red bajo mis pies por si tropezaba. Y tropecé. Aquel gag inicial que debía “petarlo fuerte” me lo cargué, como el que intenta contar un chiste y antes de hora cuenta el final. Me puse el condón del revés.

Tus pelotas” pensé. La pierna me iba sola y empecé a vomitar texto mientras mis ojos rebotaban entre el público y el suelo. Mis amigos empezaron a reír y a aplaudir porque reconocieron la verdad en lo que contaba.

No podía creerlo, era yo contando mis vivencias como cualquier viernes noche en el bar del barrio. Efectivamente mi profesor tenía razón, no era un examen en el que debiera demostrarme nada a mí mismo, era una reunión de amigos.

Acabé el monólogo y retiraron la red que me aseguraba entre aplausos, sorprendentemente, sin tener que rescatarme. Lo había conseguido, era capaz de hacer reír a la gente. Miré a Gabi como preguntándole “¿puedo bajarme ya?” y él me indicó que me esperara y disfrutara del merecido premio. En cuatro segundos ya estaba dando paso al presentador de la noche que me dio un abrazo y me dijo “Ea, ya has follao“. Volvió a decir mi nombre y sonó un estruendo mayor aún que el que me había recibido. Afortunadamente el condón no se había roto.

Os doy las gracias a todos los que vinisteis a apoyarme aquel día, especialmente a los que me disteis de fumar al bajarme y a mi novia que estaba más nerviosa que yo. Gracias a vosotros, puedo seguir compartiendo mis locuras sabiendo que soy capaz de hacer reír. Vuestro cariño me acompaña y me acompañará siempre que vuelva a empuñar un micro.

Una vez más, volvió a demostrarse cierto algo que “La Bola de Cristal” me enseñó cuando era pequeño:

Sólo no puedes. Con amigos sí“.